In crescendo (parte ll)

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Mina nunca pasaba por el estercolero hasta hoy. El solar nunca más fue utilizado por su familia, que acumulaba la basura en el patio de detrás de la casa como si fueran reliquias de un pasado mejor.Como santuario, la habitación de Ana seguía intacta, presidiendo todo ello su patito Crescendo. Él, en su impotencia, miraba con sus ojos de botones a la realidad humana preguntándose por la sin razón.

Desde la muerte de la pequeña, a Crescendo se le veía triste.Mina había optado por su compañía como nueva ventana de escape. Le llevaba a todos los lados, lo cuidaba, lo lavaba. Hacia que se sintiera a gusto y lo recostaba en su cama por las noches, contándole un cuento para que se durmiera. Como hacia con su hermana. Como había hecho por ella.

La mañana del 3 de julio del 2006, es decir, hoy, Mina se levantó como siempre para ir al colegio. Con su cara desmotivada llegó al cuarto de Crescendo, inmaculado como siempre, para recogerlo y llevarlo a sus clases diarias. La educación era obligatoria para todos los niños en el poblado.

Extrañada de no encontrarle, fue directamente hacia su madre para preguntarle sobre su paradero. Ella, ensimismada en la nada, rehusó el contestarle. Empeñada en encontrar a su amigo se dirigió esta vez a su padre en busca de una respuesta.
Se lo encontró durmiendo desnudo en el baño. Ante lamentable visión, Mina se sonrojó y bajó la vista, a la vez que le hacía el interrogatorio a su progenitor. Entre sin razones, proposiciones deshonestas y maldiciones, Mina encontró la verdad.
Crescendo había sido arrojado a la basura. A la basura. Al solar de la basura.Dejó a su padre gritando al maldito pato, diciendo que tenía tanta utilidad como Mina o su madre. Levantándose, su gran tripa casi impedía ver su desnudez y mientras caminaba su carne hipnóticamente se balanceaba de uno a otro lado. Mina le dejó llegando a la altura de su madre, que propició un grito de horror al verlo, ya que sabía con qué intenciones iba.Aún resoplaban los jadeos de su padre cuando llegó Mina al solar.
Quieta en el cruce donde su hermana había fallecido, miró al patito de peluche que estaba entre cajas de cartón y piezas de fruta podrida. Él le miró con una sonrisa y le guiñó el ojo. El ojo del botón dorado.Mina lo recogió y se dispuso a volver a casa. Flanqueándole el paso estaba la mole que llamaba padre. Su desnudez había sido cubierta por unos pantalones rotos y unas zapatillas desgastadas. Su voz grosera, como un insulto, le increpó que volviera a casa.Sin embargo, Mina atisbó en el horizonte un brillo inusual.

Era como una estrella en el día, algo que le invitaba a seguirle, que le daba esperanza. Esperanza para una niña de cinco años con un patito de peluche llamado Crescendo, el cual le decía que se fuera.Así que Crescendo y ella anduvieron hacia la luz brillante, sin ánimo de encontrar otra cosa que no fuera libertad. En el camino contaron las hojas que se encontraban en el suelo, caídas de los árboles por el viento. También jugaron al veo veo, a las películas e incluso a las palmas. Sin embargo, Mina se enfadó porque Crescendo no quiso jugar a pillar. Decía que se cansaba mucho, ya que siempre había tenido algo de asma y le costaba respirar. Le pidió perdón y se puso a llorar, como una niña.

Cuando llegaron a la ciudad, a dos kilómetros del poblado, todo el mundo parecía sorprendido por la imagen de una niña de corta edad sola por la calle. Una mujer se acercó a la pequeña y le dijo que si no tenía padres, que ella le podría ayudar llevándola a su casa y cuidándola. Sin embargo, Mina pudo ver que tenía la misma cara que su padre al entrar en su habitación por las noches con la excusa de contarle un cuento para dormir.Crescendo le dijo que se apresuraran. Ella no le entendió, ya que no tenían rumbo fijo y no sabía nada de la ciudad. El patito se rió. Río. Río…
Mina recordó la risa de Ana, la pequeña Ana, cuando jugaba por los alrededores de la casa con sus rizos color dorado al viento. El mismo color que tenía el pelo de Crescendo.Más que andando, deambulando por la ciudad, parecía encontrarse perdida. En un rincón se acurrucó como una niña, como lo que era…Pasaron los días y los años, nada más se supo de ella. Una figura negra la recuerda en aquel rincón, nadie más sabe si murió o quedó viva, si encontró la felicidad o nunca la pudo divisar.

En horas nocturas, cuenta la leyenda, que se oye el sonido de un patito. Uno de pequeño tamaño, quizás de color rojizo, añorante de una vida mejor. Muchos dicen que es el alma de una niña que murió de soledad, pero otros muchos hablan de la añoranza de la infancia perdida…Nunca se sabrá…y la historia irá in crescendo cada día más, en el alma y en el corazón de aquel que la oiga.

Todos a los que la vida es más que una risa, sino una gran carcajada.Cada vez más, cada vez más.

Irá creciendo en importancia su mensaje. Y ya no importará quien fue Mina o Ana o lo que les sucedió. Simplemente irá crescendo…

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One Response to In crescendo (parte ll)

  1. Anusketa says:

    preciosa historia ….

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