Leucemia

Una historia de amor.  Ese era nuestro relato, nuestra historia, la leyenda en el mapa de nuestra vida que mostraba a todos los espectadores el tango que bailamos juntos.

Postrada en mi cama, agonizan los segundos en mi gotero llenándome de vida mi frágil cuerpo decrépito.  Mi delgadez, ya extrema, añade a la escena el dramatismo que Dante relató en sus viajes.  Como compañía una silla vacía y el sueño reseco de unas lágrimas en la almohada.

cama.jpgYa no había batalla que luchar ni guerra a la que plantar cara.  Ahora, en el pentagrama vacío, ya no hay nada que tocar.  En un rincón, el aparato de música languidece con tu voz.  La voz que me hizo creer en miles de esperanzas, de ayuda, de eternidad.  Que me hizo decaer en un manto de estrellas y rozar las puertas del cielo.

Anidamos muchas palabras juntos, tú en ese frágil cacharro y yo en mi cama enjaulada.  Nos decíamos todo con nuestras miradas, pero nunca nos veíamos.  Yo te imaginaba sentado, Manu, en tu piano, mientras me hundía más y más en mi cama.  Y lloraba a oscuras, tendiendo mi mano hacia el vacío de mi habitación para encontrarte y que me cantaras.

Pero tú seguías allí, sin irte.  Eras el único que permanecía, mientras otros me habían abandonado.  El único que me cantaba, me relataba el tango de mi vida y muerte que sonaba alegre en tu garganta.  Y tan bello que erizaba el poco vello que aún me quedaba.  La quimioterapia había dejado en forma de calva el testimonio de su paso en mi cabeza, mientras las manos ya no podían sostener ni el vaso de agua que estaba en mi mesilla a la espera de una enfermera que me brindase su fuerza.  Ya no era la chica risueña que te escuchaba, a oscuras, en aquella sala.  Cuanto tiempo había pasado de eso…

Tú me miraste aquella noche.  Era agosto, calor de verano impregnado en mi piel.  Tú como todos los últimos lunes de mes estabas allí, encerrado en fragancias de música.  Yo te miraba como la que mira a un maestro mientras enreda en el aire una clave de sol con unas corcheas. 

Yo te admiraba.  Con mi cara redondeada y mi pelo al viento, del color del centeno, siempre estaba escuchándote.  Y tú nunca me defraudabas.  Te levantabas y sentabas, furioso e inquieto, trepidante.  Escupiendo buena música, ritmo fulgurante, piano envuelto en seda.  Mientras, tus compañeros hacían lo propio, al igual que la guinda al martíni, para extasiarte más aún en aquella noche de verano.

¡Como lo añoraba!

Sufría en mi silencio lo que nunca te pude decir con palabras.  Lo mucho que me habías ayudado tras aquella mañana de primavera en que los pájaros cantaban mientras el médico me relataba mi cruel final.  Un punto y aparte, convirtiendo mi cuerpo en cáscara de un interior lleno de vida que moría cada día sin ningún remedio. 

Al principio todos me apoyaron.  Increparon que la esperanza existía mientras gozaban de su vida y me olvidaban en mi hospital.  Y poco a poco, me volví taciturna.  Ya no quería a nadie en mi silla, a mi lado, simplemente esperando mi muerte casi ansiada para que la angustia parase. 

El día en que me caí, desfallecida por los fuertes medicamentos que me daban, pedí que trajeran el aparato de música, que te trajeran.  Y tú, siempre tú, te sentabas en un rincón de mi vida haciendo lo que mejor sabías y lo que más me gustaba escuchar.  Eras la banda sonora de mi defunción y así sería, cantando un adiós a medias en mi funeral.

Ahora, en mi habitación desierta, empiezas a tocar de nuevo.  El disco parece rayado, quizás por tantas vueltas, una y otra vez, que hacia darle para escucharte sin parar.  Como si tuviera miedo que una vez que callases, todo acabaría.

El dolor se hizo extremo, casi no podía respirar.  Al tiempo que me incorporaba de mi asiento un par de enfermeras corría hacia a mí alertadas.  El médico fue llamado con urgencia, necesitaba asistencia respiratoria.  Un gran tubo fue introducido en mi garganta, noté su frío plástico atravesarme, violar mi interior con su presencia.

Ante el sufrimiento, cerré los ojos.  Y todo se calmó.  El techo se convirtió en cielo.  El blanquecino suelo en tierna hierba.  Mi cama se había convertido en césped, que me rodeaba, me acariciaba, me susurraba con el viento una tranquilidad maravillosa.  Ya no había médicos, ni enfermeras que me rodearan…solamente tú y yo.

Ahí estabas tranquilamente sentado en una corteza de árbol, mirando al horizonte con una media sonrisa.  Entre tímido y ensimismado, te alertaste de mi presencia y, sorprendido, preguntaste por qué estabas allí.

Yo, quizás por los nervios, no supe improvisar y te dije que me estaba muriendo.  No supiste qué decir, pero tus ojos revelaban la pregunta: ¿y por qué yo?

Me preguntó mi nombre.  Yo se lo dije con una voz suave, como desilusionada por el hecho de que no me reconocieras.  Entendí que era mucho tiempo desde aquel día de verano, así que te pregunté qué tal estabas.

La conversación, todo lo contrario a lo que debería ser el último diálogo de una moribunda, tendió a temas triviales, mundanos, sobre música y deporte.  Incluso hablamos de cine y de comida, riéndonos bien a gusto con una carcajada soltada al aire cuando hablamos de lo mala que soy a la cocina.

Hacia tanto tiempo que no me encontraba así.  Las llagas de estar postrada en la cama tanto tiempo ya no me destrozaban de dolor, mis pulmones ahora respiraban el aire puro de la libertad y una sonrisa se escondía traviesa en mis ojos.  Estaba en paz.

Supe que era el momento.  El de decir adiós.  Le di gracias a Manu, por todas esas notas tiradas, por su talento, por saberme escuchar y que le escuchara. 

No tenía la pretensión de llevarle conmigo.  Allá donde fuera estaría de ritmo su piano y su voz como guía, así que con eso para mí era más que suficiente. 

Un día como hoy mi garganta se tornó arena y en tres minutos, únicamente, estaré sola de nuevo. 

Y así será.  Así quiero que sea.  Por eso mismo escribo esta carta que dejaré en el cajón de mi mesilla para aquellos que vean oportuno mis deseos, consigan que este sueño se convierta en realidad teniendo la muerte que anhelo.  Que la música de Manu me acune hasta morir, porque así lo quiero, lo deseo, lo necesito.

Porque, si lo permitís, me tomaré esa licencia para soñar…

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One Response to Leucemia

  1. maria victoria garcia canto says:

    yo tengo un hijo llamado angel manuel sanchez garcia con edad de 3 años, desde el 5 de febrero 2007, nos diagnosticaron que tenia leucemia al principio me es muy dificil , pero me he propuesto de aceptarlo para que el me vea fuerte y para que este tranquilo y pueda llevar todo su tratamiento con tranquilidad, sin embargo hay momentos que me pregunto que paso, porque el, la de los pecados somos nosotros por ser mayores y tener la razon para decir y hacer las cosas que estan bien y mal.
    tal vez no sea el comentario que esperaba, pero la leucemia es una enfermedad que nos enseña como era el camino de cristo hacia la cruz, cada aguda introducida en la vena es como si fuera las espinas, cada tratamiento, enfermedad presentada durante la leucemia es como luchar contra todos los que le gritaban, a su lado cristo unicamente tanemos que seguir para seguir luchando contra esta enfermedad

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