Manu era un niño inquieto, distraído, juguetón, cariñoso. Lleno de vida.
Gustaba de corretear por los pasillos de la casa, una y otra vez, sin perder el aliento y sin parar de hacer ruido. Pronto llegaba a una de las habitaciones y cogía uno de sus coches, como lo tiraba contra la pared en un acto de rebeldía.
Contaba cinco años cuando su madre le dijo que iban a visitar a su abuelo, que estaba muy enfermo.
Era una casa grande, luminosa. Se encontraba en un pueblo cercano de la ciudad de Barcelona, donde residía el pequeño.
La residencia, ubicada en una pequeña colina, se hacía divisar desde más allá de la carretera principal, por donde el coche familiar hacía su aparición.
Tenía dos alturas la vivienda. La primera era el lugar de estancia por el día, mientras que la segunda planta servía para la noche, albergando a sus huéspedes entre sus frescas paredes.
A su llegada, nadie salió a recibirles. No en vano venían de sorpresa. Su madre había querido irle a visitar después de tanto tiempo…
Entraron por la puerta principal. De la casa nacía un olor cerrado, abandonado, desolado. Las paredes parecían doblegarse ante su presencia, alegres de recibir anfitriones en aquella solitaria casa.
Del primer piso rugió una voz. Era delicada, fresca, dulce, adornada por el ronco pesar de los años.
Su madre dio un paso hacia delante e impulsándose gracias a la barandilla, subió el primer peldaño de la gran escalera.
La voz pronunció un no. Un no quejoso, debilitado por el esfuerzo de intentar bajar las escaleras con el peso del tiempo a sus espaldas.
Lentamente llegó hasta su nivel. Manu pudo percibir los rasgos de su rostro. Su cara estaba arrugada, pero albergaba la belleza que antaño poseyó. Sus ojos, sin embargo, habían perdido la chispa que en su juventud tuvieron. Esa vivacidad que hace lanzarse al vacío sin mirar, ese centelleo brillante mitad de genio, mitad de loco.
Recordó las palabras de su madre en el coche, cuando venían hacia aquí. Le había dicho que su abuelo, cuando él aún no había nacido, había sido músico.
La voz de su madre le devolvió a la realidad de la casa. Su abuelo le miraba con una sonrisa en la boca. Manu no pudo más que responderle con una sonrisa. Ambas se cruzaron, idénticas, como si no importara el tiempo. Llenas de magia, de picardía.
Sus gruesos labios formando una sonrisa que pareció eterna.
Pero la eternidad es tan banal como una gota en un arroyo…
Devueltos a su realidad, los dos, niño y abuelo, se dirigieron hacia el salón. Allí, ordenados se encontraban muchos álbumes de fotografías antiguas que conservaba la abuela de Manu. Recordó que su madre le había dicho que su abuela se encontraba haciendo una visita a un familiar y por eso no podía acudir.
Fue la hora de preparar la cena, así que su madre se dispuso a entrar en la cocina. Sin embargo, su abuelo le cerraba el paso, decidido a cocinar él para sus invitados.
Aprovechando el altercado familiar, Manu se deslizó en uno de los sofás y cogió uno de los álbumes. En el dorso rezaba “Año 2006”.
Al abrirlo, descubrió imágenes que desconocía de su abuelo. Le observaba ahora como un joven decidido, valiente.
Cuando llegó a la mitad del álbum se topó con una fotografía que se había escapado de su lugar. El sitio fotografiado parecía una sala, de tamaño considerable, abarrotada de gente, que estaba entregada al espectáculo, gozando. Al fondo se encontraba un joven, sentado al lado de unos teclados.
Entre las figuras del público distinguió una familiar. Era su abuela..
La voz rugió de nuevo. Había sido lo suficientemente sigiloso como para que el joven Manu no estuviera atento. Así, el susto le hizo cerrar el libro de un golpe seco y levantarse para correr a las faldas de su madre.
Su abuelo se río y su cara evidenció la sorpresa por aquel ataque de felicidad. Parecía que su rostro se extrañaba de encontrar arrugas de una carcajada, en vez de las arrugas típicas de los años que discurren.
Tímidamente dejó el tomo en su sitio, penoso de que al abrirlo los recuerdos volaran por la habitación y atemorizado por el hecho de tener que enfrentarse a ellos.
Mientras, en la calle, la noche devoraba todos los rincones.
La cama que había elegido su madre para que se durmiera era blandita, suave, casi de tacto aterciopelado. Manu se acurrucó en ella. Cerrando los ojos paulatinamente, llegó a su memoria la imagen de su abuelo tocando el piano. Se preguntó para sí mismo por qué habría dejado de hacerlo. Pero el interrogante quedó en el aire cuando entró en el mundo de los sueños..
A la mañana siguiente su madre le vino a despertar, anunciándole que iba a hacer unas compras en el pueblo de al lado, pero que él se quedaría con su abuelo.
Cuando bajó al primer piso, se encontró al anciano sentado en el sofá, absorto con uno de los tomos de fotografías que se encontraba ordenado en una balda. Su vista, perdida hacía un instante, se tornó hacia él y, sin mediar palabra, se levantó.
Con la mano le indicó que le siguiera y el pequeño Manu le acompañó hasta una habitación que no había visto al entrar en la casa. Era la típica sala de película, escondida, perfecta para guardar secretos. Y allí era donde su abuelo encubría los suyos.
Su abuelo cerró la puerta tras de sí.
Estaban solos en la sala.
Sus recuerdos, sus historias, su vida entera se desplegaba en apenas siete metros cuadrados de habitación. Las paredes, repletas de carteles de conciertos, parecían doblarse quejumbrosas del peso. Por su parte, el suelo era refugio de decenas de cajas de memoria olvidada. Regalos, postales, fotografías se arremolinaban por doquier ejerciendo en el espectador una sensación de desasosiego.
Manu pudo observar que todas ellas eran pedacitos del corazón de su abuelo, que el tiempo y el olvido habían dejado guardados en cartón.
Uno de los carteles de la pared imponía su anuncio “Manu Guix Íntimo”. Se acordó que él se había llamado así por su abuelo.
Al final de la sala, dispuesto en paralelo a la pared más corta, se encontraba un piano.
Estaba tan viejo como su dueño. Los años habían roído su madera, las teclas estaban cubiertas de una gruesa capa de polvo y lo que antes era un taburete cómodo hoy era un potro de tortura.
Quizás la sorpresa de ver a su viejo compañero hizo que el viejo Manu sucumbiera a las lágrimas de la emoción. Habían pasado diez años desde la última vez que tocara aquel piano.
Recordaba que era el cinco de mayo, martes. Ese fue el día en que perdió la ilusión. Su ilusión. No sabía la razón por que la desesperanza había surgido en su corazón, ni tenía la más remota idea de qué había sucedido para que no encontrara la felicidad tocando.
Simplemente perdió la ilusión.
En la realidad del presente, miró a su nieto con sus ojos y su nieto le miró con los suyos. Ya no era una mirada triste. El brillo había vuelto a surgir, o quizás es que nunca se fue, sino que estuvo escondido en su iris.
Esa mirada valiente, decidida. Esa vivacidad que hace lanzarse al vacío sin mirar, ese centelleo brillante mitad de genio, mitad de loco.
Esa chispa de un artista.
Puede que la contagiosa inquietud del muchacho hubiese acariciado el corazón del anciano Manu. Puede que su energía haya bombeado sus ganas de vivir. O puede que, llegado el final, se hubiese dado cuenta que la ilusión nunca se debe perder.
Inhaló profundamente. Miró sus manos, arrugadas y viejas. Respiró de nuevo, esta vez más lentamente. Tembloroso, apoyó su dedo índice en una de las teclas…
El “Do” sonó a un millar de años.
Con el nerviosismo de un quinceañero, retiró su índice para dar paso a su dedo corazón..
El “Re” retumbó lejano.
Desesperanzado por el primer intento, encontró fuerzas para un tercero..
El “Mi” nació del cielo.
La esperanza se coló entre su sonrisa, traviesa y astuta, discurrió hasta sus manos. Enlazada entre sus dedos, le hizo tocar de nuevo..
La música brotaba, resplandecía, danzaba, reía y soñaba. Dispuestas a entregarse a las estrellas, las notas iban subiendo en altura y en sonido. Al compás de la melodía, la carcajada nació del corazón. Una risa de salvación.
El joven Manu contemplaba boquiabierto el espectáculo que se ofrecía ante sí.
El viejo Manu cantaba, gritaba, tocaba, soñaba. Vivía.
Medio día pasó como si fuera un segundo…las horas caían una tras otra sin que ambos supieran reaccionar, como si no les importara. El viejo Manu entonó otra canción. Su voz ronca, cansada, parecía avecinar el final. Sus ojos se entornaban cada vez más, cargados de años y vivencias.
La última canción fue la de la despedida.
Como evitando el separarse de su compañero, apretaba fuertes las teclas para sentir su tacto y su potencia. Se abrazaba a su sonido como si de un hermano se tratase. Gemía su dolor intenso cuando llegaba a las notas más altas.
Sin embargo, todo acaba.
Las notas corretearon por detrás del piano, el tiempo se posó sobre sus párpados.
El viejo Manu, con una sonrisa eterna, pudo descansar al fin…
