Conozco el cielo. Anteayer lo contemplé. Era de azul celeste, por la noche escarlata. Las nubes se enroscaban juguetonas, a su vez observándome.
Casi les podía hablar, pero el viento me impedía expresarles cuan bellas eran.
¿No sabes de lo que te hablo?
Mira el cielo allí arriba. Bóveda celeste que corona nuestras cabezas, a la cual nuestra mente vaga cuando no sabemos en qué pensar, pero que olvidamos vilmente en el transcurrir diario.
A veces el cielo llora, pues no le miras, se siente vacío sin que tú le contemples. Frío hielo arroja cuando se enfada, en perlas recubiertas de furia. Sin embargo, cuando se siente solo, en el momento en que nota que sus nubes le dejan de acompañar, deja caer el rocío en la mañana para despejarte y hacerte entender que él, aún allí arriba, te acompaña.
Conozco el cielo. Anteayer lo vi. Él me miró sonriendo y una luz ardiente se asomó en el firmamento, dorando mi piel pálida, alumbrando mis ojos que le sonreían en un gracias infinito.
