¿Por qué había pasado? Ella corrió. El viento parecía conspirador en esta escena idílica, en donde ella galopaba entre los árboles, llena de energía y vitalidad. Su cabello rubio, sedoso entre el aire, golpeaba sus hombros al ritmo de sus saltos de alegría. Sus ojos parecían haber nacido en la alegría, sin conocer nunca las lágrimas. Eran esas pequeñas ventanas las que me habían hecho abrir mi mundo a infinitas sensaciones, a amores ocultos, a lugares tiernos.
Ahora sus manos me invitaban a vagar con ella, como muchas otras veces habían hecho. Sus dedos adornados con pecas, sonrosadas por el sol de primavera que azotaba nuestras cabezas. Se agradecía el viento que soplaba, llegado de allá a lo lejos, quizás entre las montañas. Ese aire que hería tu fina piel de loza blanca, agraciada por toques coloristas en forma de pequeñas motas.
Tú alargaste mi mano hacia mí. Dispuesta a que yo la cogiera. Dispuesta a que nuestra distancia se redujera. Dispuesta a que lo diese todo por ti aunque supiera que fuera a ciegas. Dispuesta. Siempre dispuesta.
Un día estuviste dispuesta a estar junto a mí, a dejarlo todo. Me dijiste que su hogar es allí donde yo estuviera. Me dijiste que podríamos soñar juntos. Vagar por entre los árboles cuando las cosas vayan mal. Corren en contra del viento, sonreír como el día en que hablamos por primera vez. Aquella vez en que me sedujiste con palabras. Aquella primera vez que, aún sin verte, te sentí cerca. Fue el mismo día en que pensaste que me amabas. Fue el mismo día en que pensé que te amaba.
Dispuesta a amar y ser amada, siempre alargabas tu mano para que yo la cogiera. Y ahora alargaba mi mano temblorosa para recoger la tuya, tan segura de sí misma, tan llena de esperanza, tan llena de ilusión. Mis dedos se estiran en constante ilusión, de tenerte cerca, de que me susurres al oído, de oler tu piel. Deseaba tener esa sensación tan idílica de sentir que me estás rozando, cuando aún estás a dos milímetros de mi dermis. Deseaba tener esa sensación de cuando te acercas contener la respiración, hasta que tus ojos por fin se posaban en mí. Deseaba desear que me tocaras, cuando te hacías la dura y te acercabas a mi boca lentamente, sin rozarla, para poco a poco posar tus labios en los míos.
Recordaba el día en que te cogí de la mano por primera vez, que alargaba mis falanges y rozaba las tuyas. Intenté que el momento fuera eterno.
Estiré levemente mis dedos en aquel momento, casi notando su frío tacto. Recordé esas noches en que, asustada y helada, te levantabas para mirar las tormentas. Yo, recogiéndote en nuestra manta, te llevaba otra vez a mi lado y, acurrucándote en mí, te quedabas dormida.
Yo veía tu mano allí mismo, dispuesta a cogerme, dispuesta a quererme. Yo estiré con más fuerza mis dedos, casi te podía rozar. Ese roce intenso que interpretaban nuestros cuerpos, esa acaricia que me diste en la azotea, viendo las estrellas, abrigados por nuestra manta.
Estiraba sin cesar, mi mano, mi cuerpo, mi alma. Estiraba mi corazón para encontrarte, para rozar una vez más tu mano, para besar una vez más tus labios, para sentir una vez más tu cuerpo. Estiraba mi vida, estiraba el mundo, estiraba la eternidad para poder sentir esa sonrisa de amor que me propiciabas todas las mañanas. Estiré la manta que nos unió tantas noches, dispuesto a arroparte una vez más.
Estiré sin parar. Estiré toda la noche. Estiré toda la vida. Estiré siempre.
Pero jamás te volví a rozar.
