Mundo de barro l

Hoy os brindo un pedacito de mi mente que lleva hincándose más y más cuanto más tiempo pasa..Una historia que es parte de mi vida desde que tenía quince años y que nunca había publicado ni enseñado.

Siempre he dicho que es mi obsesión y, como todas las obsesiones, nunca estará acabada o nunca estará acabada como se desea.   

Espero que sepáis apreciarla y que os guste.  Os la brindaré en pequeños mordisquitos, porque es una historia larga. 

Capítulo I.  Un mundo de barro

Al principio la nada.  Nada envuelta en nada, nada con arena tornándose en tierra, formando olas de grava.  La nada intensa conglomerada en grandes montañas.  Montañas que acarician la nada, erigiendo la bóveda de plata.

Creo en un mundo más allá de la nada.  Creo en el barniz del cielo reposado en la tierra.  Mi tierra.  El azul creado en el cielo me hace pensar en la soledad de mi tierra. 

Hace eones que nací, pero sólo ahora se me había ocurrido mantenerme acompañado.  El cielo parecía un amigo íntimo que me observaba altanero durante siglos.  Sin embargo, tímido y poco hospitalario, se reía de mí en forma de truenos y relámpagos.

En mi desesperanzada búsqueda de cariño me volví huraño, casi despiadado.  Moldee con mi arena compañeros de viaje.  Unos eran de gran tamaño, otros medianos y otros pequeños.  Me gustaba observarlos desde lo alto de las montañas, cómo se movían, cómo se comunicaban.

Sin embargo, todos morían.  Preguntándole a la Muerte el por qué de su osadía, respetuosa me sedujo con una de sus miradas y su voz calmada y blanda me dijo que necesitaban algo para encontrar fuerzas.  Algo llamado “comida”.

Desconcertado, revisé en mi suelo algo que dar a los recién nacidos.  Solo encontré piedras que parecían no ser el alimento propio para mis nuevos amigos.  Volví a llamar a Muerte para preguntarle qué podría ser aquello que alimentara a los seres.  Sin embargo, la Muerte es una mujer escurridiza y tornando su cuerpo sombra, se deslizó a su mundo más allá de mi alcance.

Enfadado, despiadada forma encolerizada bajó de mi cuerpo un atronador sonido que impactó contra el suelo, desplazando mi cuerpo sorprendido por su fuerza y haciendo mover a toda mi montaña. 

La tierra, doblegada, se movía retorcida bajo mis pies.  Yo sentí la vida, sentí la fuerza, el potencial, el poder de la cólera en mi cuerpo.  El gusano de la ira se enroscaba en mi garganta cuando gritaba al cielo.  Ahora había encontrado mi propio potencial, mucho más fuerte que el suyo.

De un salto llegué a las faldas del monte.

Mi sonrisa de regocijo ante el descubrimiento se convertía en carcajada a la llegada de los seres junto a mí, que como era costumbre, me pedían con su rostro algo para llevarse a la boca.  Risa cínica, podrida, muerta y salvaje.  Gritaba ante su hambruna mi hambre de poder.  Mi pie golpeó el suelo, el cual del sonido se agrietó.

La grieta se expandía, se agrandaba.  Maldiciendo el cielo mi propia desfachatez arremetió con truenos en la tierra.  Batalla entre titanes entre las tinieblas que más que lucha era disputa a ciegas, sin poder ver quien era el receptáculo de su ataque.

Los seres huían despavoridos, a su paso el suelo se abría una vez más invitándoles a visitar sus profundidades.  Del núcleo de mi tierra salió toda mi furia, fuego del Averno y gases malolientes que ardían en la cara de los seres.

En mi carrera vertiginosa hacia el caos la Muerte caminaba tomándome la mano.  Juntos arremetimos una vez más, el suelo abría sus fauces devorando todo aquello que se cruzaba en su resquebrajamiento. 

El Cielo, mientras proseguíamos nuestro tango de destrucción, rugía enfurecido.  Las nubes a su mandato chocaban entre sí y en el fragor de la batalla, la primera de las gotas cayó.

Nació de la mente del propio Cielo quien, juntando sus manos con gran esfuerzo, hizo nacer de sus palmas una pequeña muestra de su ser.  Era una minúscula parte de su existencia, tan diminuta que se hizo casi imperceptible en mi adorada tierra.

El Cielo, consciente de ello, estrechó de nuevo sus manos en busca de otra.  Esta vez no fue sólo una la que brotó de él sino cientas de ellas que arremetieron contra mi suelo que, asustadizo, se empezó a agitar en la locura.

Mi arena me transmitió el tacto de la nueva materia que le atacaba.  Fresco sabor, acuosa forma de vida.  La nueva lluvia resbalaba en mi rostro arenoso, surcando mis piedras como si de obstáculos contra su arrogancia se tratasen.

Encontré en ella el Deseo, aspiré su fragancia en mi cuerpo polvoriento.  Agradecí el néctar y, poco a poco, la Muerte dejó de estar a mi lado.  Mi tierra comenzó a tranquilizarse, mis montañas se volvieron a unir en su sólida estructura.

Quedé en silencio en medio de mi desierto.

Mirando a mi alrededor contemplé mi hazaña de sangre, mis amigos yacían muertos a mi alrededor.  Besos de traidor les había dado en sus mejillas decrépitas.

Una de las gotas cayó en mi frente.  Alcé la vista para mirar al Cielo, mientras la lluvia se resbalaba por mi mejilla.  A mi tristeza pareció gustarle esa sensación e imitó a las gotas haciendo que una lágrima cayera por mi semblante.

Estaba otra vez sólo.

Abatido me senté en mi suelo, aún con las lágrimas tendidas en mi barbilla.  Balanceándose graciosamente en ella, intentaban escaparse de mí para precipitarse en mi extenso universo.  La más atrevida tomó impulso y cayó al pavimento.  Mi suelo se erizó con su ternura.  De su unión parecía como si mi mundo se reblandeciera de Placer, tomando aliento para lo que se avecinaba.  Un surco se abrió en el punto de unión de las dos materias, profundo, circular. 

Ante mis ojos extraños una pequeña línea nació de mi matriz.  Pizpireta crecía sin parar hasta llegar más allá de mi visión, donde no pude alcanzarla más.  Mas su base, antes delgada, se había tornado gruesa, maciza, y de su tronco nacieron brazos que parecían quererme abrazar. 

 

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Sorprendido y asombrado, la Belleza no se hizo esperar.  Sus largos dedos se transformaron en hojas y sus hojas poco después en frutos.  Al unísono su tronco parecía no tener final, ramificándose hasta la bóveda celeste, donde el Cielo, igual de asombrado que yo, lo observaba.

Cohibida por sus admiradores, se replegó en sí misma alcanzando la altura de mis montañas.  Mirándome a los ojos, me ofreció sus ramas que albergaban un tesoro escondido, para que yo pudiera encontrarlo.  Mis manos arcillosas se posaron en sus hojas.  Candentes, llenas de vida, regocijándose por mi presencia.  Abrí sus ramas deseoso de hallar aquello que guardaban. 

Un pequeño objeto de plata habitaba entre sus pétalos verdes que, dándome la bienvenida con una melodía de violín, se anunciaba como el Amor.

Algo como un lamento feliz sentí al descubrirlo, como un lloro tierno, como una cruel ilusión.  Fue como dilucidar la eternidad y morirse en ese mismo instante.

Celoso y violento, el Cielo arremetió contra nuestro Amor.  Le arropé con mi manto de piedras, protegiéndola contra la nueva revelación: el Desamor.

Juntos gritamos al viento el por qué de nuestra unión, pero los truenos eran demasiado ásperos como para que escucharan nuestra canción. 

Desconsolados decidimos volar hasta la orilla de mi planeta, sentándonos en su superficie contemplamos la nada.  La nada que seguía envuelta en nada.  La esperanza jugó con mi sonrisa y consciente de mi nueva compañía, junté mis manos y se las tendí a ella.  Curiosa y halagada, se quedó mirando sin saber qué debía hacer.

Ante su inesperada respuesta, decidí brindarle mi regalo en su totalidad.  De un golpe seco lancé el polvo de gravilla que cautivaban mis manos a la terrible nada, creando las Estrellas.

Mi regalo de amor.

Una O formó tu boca, una O de fascinación.  Aplaudiste mi tributo y te volviste hacia mí.  Tus ojos ahora se tornaban claros con la luz de las estrellas, antes rugoso tu cuerpo ahora era fina piel. 

En la noche eterna me abrazaste con tus ramas y el fuego del Deseo que ardía en mí te devolvió el abrazo.  Tu cuerpo se expandía por el mío, tus ramas envolvían mi mundo de barro.  Entrelazadas creaban una malla que me vestían de pasión.

Las estrellas, testigo de nuestra lujuria, bajaron el volumen de su luz para atenuar nuestra velada.

La semilla de nuestra unión se hincó en mi corazón.  Regada por los enamorados se tornó en un árbol iridiscente.  Las estrellas parecían jugar con sus hojas, que iban aumentando de tamaño conforme nuestro vínculo se hacía más fuerte. 

De una de las ramas nació un fruto.  Su forma oval, rojiza y pesada, albergaba una forma diminuta. 

Sus hermanas hojas hicieron lo propio con su forma y se transformaron para albergar otro de los frutos, esta vez de forma más circular.

Así, del árbol de la esperanza nacían los frutos del mañana.

Terminada nuestra función nos quedamos contemplando nuestra escultura en tierra y agua.  Maravillados por sus formas, sus hojas crepitaban poéticamente ante nuestros ojos.  Las estrellas comenzaron a encenderse con más fuerza al ver que nuestra cópula había acabado.

Silenciosa mi amada se levantó para tocar el árbol.  Cuerpo de su cuerpo, alma de su alma, espíritu enraizado en su corazón. 

Sus frutos comenzaban ya a madurar, pronto caerían en mi tierra mojada.

Los preparativos se hicieron rápidamente.  La arena debía sustituir a la grava dura para que nuestros hijos aterrizaran sin brusquedad.

Consciente de mi voluntad, ella preparó mi superficie con su manto de flores, musgo y hierba. 

La bienvenida de colores danzaba en los prados en forma de multitud de amapolas, margaritas y petunias.

Quejoso por el peso, el árbol se encontraba encorvado hacia delante en busca de un apoyo.  Lloroso por su situación, suplicó a mi enamorada que le ayudase.  Ella, de gran corazón, susurró a su oído su nombre y su pesar se esfumó.  El sauce, antes llorón, se volvió risueño… 

(continuará..)

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2 Responses to Mundo de barro l

  1. Alex says:

    Adoro tu mente y como trabaja…

  2. Pingback: 86400 » La gastronomía también da origen a una religión

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