Culo veo, culo quiero

piedad.jpgHace poco tuve el placer de ir a Albarracín (lo repito por decimocuarta vez, por si alguien no se ha enterado).  A parte de ver paisajes, piedras, gente, cervecita,…vimos museos.

Uno de ellos era el museo diocesano del pueblo, que se encuentra en la catedral del mismo.

 El caso es que mientras lo visitaba estuve pensando en lo curioso que es un museo pequeño.  Es quizás el sitio más delicioso en el que un amante del arte puede estar.  No es el típico supermercado del arte, con sus guardias, su ropa selecta, su gente que no está interesada en el fondo pero que en la superficie es lo más enrollado,…

No.  Es algo distinto.   

En un museo normal, de una mediana o gran ciudad, tienes que llevar un recorrido establecido a base de carteles, guardias o incluso cordones de seguridad.

La mirada está dirigida a los puntos más importantes, a veces sin apreciar a lo que realmente es el detalle. 

Sin ir más lejos, los museos vaticanos hacen eso.  Es una especie de tour donde te pasean por todo el edificio en busca de las obras.  Estás tan obcecado con ver a Rafael o la capilla Sixtina que dejas de disfrutar del espacio propio del museo.  No te fijas en los detalles, la mirada se dirige hacia donde quieren que la dirijas. 

En un museo pequeño, sin embargo, no hay nadie que te diga donde debes mirar.  Tú eres el amo de tus propios ojos.  Puedes abrir puertas, bajar escaleras, tropezarte incluso, tocar,…Tocar!!

Las obras de arte estamos tan acostumbrados a verlas en su cristal que nos hemos olvidado de que su tacto también es parte de ella misma. 

Recuerdo una vez hace algunos años que fui al museo Pablo Serrano en mi ciudad, Zaragoza.  Allí había una escultura en bronce pulido que el propio Serrano había creado para ser tocada.  Yo, en éxtasis, recuerdo que alargué mi mano en busca del contacto cuando una de las señoritas guardianes me avisó de que no se podían tocar las obras de arte.  Lástima… 

Bueno, pues en un museo pequeño se puede hacer eso.  En el museo diocesano estuvimos disfrutando de las texturas de unas tallas románicas y barrocas. 

Además, otro elemento a su favor es que puedes descubrir cosas que no ves en una exposición normal.  Por ejemplo, la carcoma.  Recuerdo haber hecho una foto a una escultura que tenía amputado un brazo y se podía ver perfectamente en su madera los agujeros y grietas producidas.  

Pero lo más emocionante para mí sin duda era el poder abrir las puertas, las ventanas,…abriendo puertas descubres tesoros escondidos en forma de bellas perspectivas de un paisaje o salas llenas de polvo, esculturas guardadas y demás. 

Mi curiosidad insaciable me hizo saltar un cordón de seguridad para ver de cerca un altar que allí conservaban (eso no se hace, kore! Mala!!).  Con el suficiente respeto y amor por estas cosas pude estar a dos milímetros de los cálices o cántaros que allí se conservaban y poder ver sus detalles. 

Por supuesto, ruega decir que no hay que toquetear todo lo que se ve sin ningún respeto.  Hablo de un suave roce, simplemente para encontrar la textura.  Si no, pasaría como en Jaca, donde en el pórtico hay una piedra que los peregrinos tocan y está ya la columna con un boquete enorme.  Siempre hay que respetar la obra de arte y tratarla como se merece.  No toques por tocar, simplemente toca si gozas de su tacto.

¿Cómo sería poder tocar la piedad de Miguel Ángel? ¿cuán fría estaría? ¿encontraríamos alguna impureza de pulimentado? 

Ahora, cerrad los ojos e imaginadlo simplemente…

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2 Responses to Culo veo, culo quiero

  1. Asurbanipal says:

    El gusto de sentir la textura de una escultura.
    La rugosidad de la piedra o la suavidad del metal o la tosquedad de la madera. Me encanta!!! :D
    Una de las mayores emociones esteticas que he sentido fue el poder admirar tocando las esculturas del Chillida Leku. Que maravilla!!!

  2. Kore says:

    Ohh que sensación, es verdad! Yo recuerdo tirarme en la pradera para mirar las esculturas…eso debería hacerlo todo el mundo!

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